Jesús "Chucho" Reyes Ferreira
Fotografía

EL COLECCIONISMO DE CHUCHO REYES

Chucho Reyes fue un coleccionista nato, que empezó atesorando y apreciando el rico acervo de obras que ya por herencia había recibido: fantástico tibores blanco y azul de porcelana china, cientos de piezas de cerámica precolombina de esa rica región de Jalisco-Colima de donde fue oriundo.

Chucho Reyes fue un coleccionista nato, que empezó atesorando y apreciando el rico acervo de obras que ya por herencia había recibido: fantástico tibores blanco y azul de porcelana china, cientos de piezas de cerámica precolombina de esa rica región de Jalisco-Colima de donde fue oriundo, así como destacadamente, los bellos perros de abultadas panzas y la típica olla redonda trípode gallonada con patas de periquitos. El de Reyes es un caso sui generis, ya que por tradición como por filiación desarrolló el instinto de curiosear, de querer conocer, lo que lo llevó a descubrir el arte en todos sus géneros, alimentando de forma creciente su enorme gusto por coleccionar. Su casa estaba saturada de piezas de toda índole, agrupadas no por su costo, su rareza o su procedencia, sino simplemente por la personal apreciación estética de Chucho, la cual siempre gozaba compartir por medio de bellas anécdotas y sabias observaciones.

Su pasión por descubrir y atesorar más objetos llevaría a Reyes cada domingo muy temprano al mercado El Baratillo en Guadalajara, y posteriormente a La Lagunilla en la Ciudad de México, donde conseguía bellas piezas tras negociar con insistencia haciendo gala de una astucia que superaba incluso a la del acaudalado coleccionista alemán Franz Mayer, a quien solía comúnmente ganarle piezas. Como muestra de sus imaginativos recursos, recordemos que en más de una ocasión se anuncio en la prensa nacional como un viajero coleccionista interesado en la compra de antigüedades.
Hospedado con un nombre falso en un hotel de la calle Madero, llegaban hasta él ofertantes con muchas piezas que finalmente adquiría o con las que simplemente se deleitaba. De esta manera entraba en contacto con obras de muy variada naturaleza y procedencia para acrecentar su ya de por sí diversa colección: caballos de carrusel (animal cuya plasticidad y elegancia también fue tema importante en su reproducción artística); espejos olmecas en piedras reflejantes; refinadas artesanías, civiles y religiosas, en platería colonial; tijeras en forma de rana forjadas en fierro poblano del siglo XVIII, además de un sinnúmero de cachivaches y raros objetos.

Así, Reyes cobijará en su acervo lo mismo un juguete popular comprado a un artesano callejero que réplicas de diamantes famosos, fabricados seguramente en Bélgica o en Francia, por la calidad y el peso del cristal; apreciará por igual un caballito realizado en vidrio al soplete por algún hábil artesano desconocido en alguna feria de pueblo, que bellas y antiguas piezas de vidrio esgrafiado con grabados “de pepita”. En este somero recuento, no podemos pasar por alto algunas aportaciones del propio Reyes a su colección. Recientemente descubrí, entre papeles y fotografías que pertenecieron a Chucho -y que amablemente me permitió estudiar mi amigo coleccionista Patricio Uribe Barroso, gran conocedor de la vida y obra de Chucho Reyes-, un conjunto de pequeños cristales con toques de óleo y chaquira que semejan diminutas escenografías, obra de la desbordante creatividad de nuestro artista. Este hallazgo sin duda sumará a su vasto repertorio productivo piezas de importancia equiparable a aquellas que mejor expresan el imaginativo cosmos de su mundo interior. Mención aparte merecen sus figuras de animales, construidas ingeniosamente con alambre y pedazos de papel pintado, las cuales me llevan a recordar que uno de los primeros trabajos de Chucho fue el de cohetero y fabricante de esos ya casi extintos personajes de cartón, los judas, que por tradición se queman durante las festividades de la Semana Santa. Uno de ellos, una muerte de palos y cartón obsequiada por Diego Rivera, se conserva en mi colección.

En su afición por coleccionar lo que comúnmente conocemos como “artesanía” -palabra nada despectiva, si por ella entendemos aquello que deriva del arte y lleva a el, manifestación viva y vibrante de un verdadero artes del pueblo-, Chucho Reyes desplegó también su enorme genio creativo, ya que apreciar las manos de Dios en el arte del pueblo, parafraseando a Carlos Fuentes, es descorrer el velo que encubre el alma primigenia de los objetos, amar su belleza elemental y descubrir la historia  que contienen, elementos que Chucho Reyes supo siempre verter en su deslumbrante obra.

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