Camello, dinastía Tang
Terracota rojiza 618 - 936, D.C. 59 x 46 cm.

LA RUTA DE LA SEDA

La llamada ruta de la seda es un término ideado por el historiador alemán Von Richtoffen en el siglo XIX y que denomina ese camino perdido en los tiempos de la humanidad que unía a Europa con Asia.

La llamada ruta de la seda es un término ideado por el historiador alemán Von Richtoffen en el siglo XIX y que denomina ese camino perdido en los tiempos de la humanidad que unía a Europa con Asia. Su paso por Mongolia y por innumerables ciudades y lugares le dieron un matiz de exotismo, llenándolo de raras historias tanto reales, como épicas y fantasiosas. Esta ruta era transitada por largas caravanas que desafiando terribles y extremosos climas, monstruos y bandoleros, traían desde lejanas tierras muy valiosos tesoros, estrambóticas piezas e innumerables medicinas, elixires que salvaban , otros que hacían desaparecer extrañas enfermedades tanto del alma como del cuerpo, bálsamos eróticos, piedras filosofales y mil fantasías más.

Dentro de los más apreciados y vulnerables objetos se encontraban las piezas de fina porcelana, material todavía no descubierto en Europa que por su rareza se entregaba como regalo para darse en muy contadas  celebraciones. A estos platos, con mágica sonoridad y de transparente cobertura vidriada que los hacía brillantes y bellos, se les atribuía toda fantasía. Había unos platos de color verde a los que se les da el nombre de celadón, que inclusive traían frases en chino donde se decía que al comer de ellos cualquier veneno sería neutralizado. Muchas de estas piezas eran cuidadosamente cubiertas con  plata y oro en sus orillas o partes más vulnerables para poderlas hacer más resistentes al jaleo del uso y enriquecerlas más. Así, estas piezas llegaban a tardar hasta 40 años entre el momento en que eran solicitadas a los comerciantes europeos y su entrega. Empezamos a tener conocimiento tanto de las ciudades como de las personas y rarezas que del otro lado de esta ruta existían gracias a los primeros comerciantes y viajeros que describieron -de forma detallada-  estas fantásticas tierras y los lugares mágicos donde se fabricaba la porcelana. Ya Niarchos, lugarteniente de  Alejandro Magno, describió la producción de seda en el Valle del Indo y en el Golfo Pérsico en el año 329 a.C., y aunque desapareció la versión original, conocemos la copia de Arrian del siglo II d.C.

Posteriormente, podemos brincar a los más conocidos viajeros, como es el caso de Marco Polo que viajó a China y fue recibido por el gran Kublai y el islámico Ibn Batuta. Por ellos llegamos a creer que las apreciadas y caras especias se encontraban rodeadas de  rarísimos animales y de islas de oro y plata. En el siglo XV encontramos los viajes de los más intrépidos portugueses comandados por  Enrique el navegante, quienes bordeando África y pasando por el cabo de Buena Esperanza, se adentraron en  el mar Arábigo, pasando por el Ormus hasta llegar a la India y China y así, se acercaron a la fuente del secreto de cómo se fabricaba la porcelana.
Los chinos han considerado a la porcelana como un cuerpo humano donde esa extraña tierra, sedosa y manejable que sale de una mina y que al hornearse se endurece fuertemente y se llama caolín , es como los huesos al cuerpo: lo sostiene y es cubierta por una mezcla de piedras semipreciosas que, al hornearse por largo tiempo a altísima temperatura, se funden fuera del crisol tornándose en una delgadísima capa del mismo vidriado que le dará una dureza extraordinaria, que los chinos llaman petuntse. Sobre esta superficie del caolín se aplica primeramente un color extraído de la plata, desagradablemente verde y que al aplicarse el vidriado y  a hornearse adquiría un tono azul. Como este colorante fue descubierto en el Oriente Medio y llevado por las mismas rutas al lugar de manufactura, tanto en China como en India y el sureste de Asia, se le denominó azul mahometano.  Si éste colorante se observa con una lupa potente, se puede ver explosiones de plata en los poros del vidriado.

El lugar de manufactura por excelencia en China continental es la provincia de Fukein, de donde  las piezas de porcelana bajaban  a la costa por ríos, que con el  método de esclusas permitía navegar de un río al otro  para poder continuar su peregrinar por cientos de kilómetros hasta llegar a la costa donde se establecieron factorías o bodegas para retocar la mercancía sobre el vidriado y poder almacenarla. En lugares como Wampoa se establecieron estas factorías de diversos países como Portugal, Rusia, Suecia, Alemania, Holanda, Francia, Inglaterra, España,  y Nueva España, Brasil,  Dinamarca y por último  Estados Unidos. Esta zona permitía la entrada de chinos a trabajar y comerciar, pero no eran admitidos nunca de regreso a la zona continental de China. Para dar una idea de la enormidad de este comercio, puedo decir que Estados Unidos participó en él solamente por 60 años  a finales del siglo XVIII, y se sabe que se comerciaron cerca de 80 millones de piezas de porcelana de todo tipo, México participó por 250 años y queda muy poca de la porcelana del mercado mexicano.Las compañías que transportaban estas mercancías con otras más, eran generalmente privadas, como fue el caso de la Compañía de las Indias Orientales Holandesas o monopolios como nuestro Galeón de Manila que, en el siglo XVIII con las reformas impuestas por Carlos III, se denominó Compañía de Indias Orientales. Aunque técnicamente se llamaban porcelana china de exportación, en honor de la compañía que la transportaba, copiando a los franceses, se llamaba “porcelana de la Compañía de Indias”.

El mundo conoce así las maravillosas y bellas piezas  llenas de colorido; también habrá grupos que por predominancia de un color la llamarán “Familia verde”, y después del reinado de Yung Chen, con la llegada del color rosa de Europa, éste predominará en la paleta de colores para la porcelana llamándola “familia rosa”. Los jesuitas, grandes descubridores y comerciantes en Oriente, tendrán un color negruzco por lo que a este tipo se le denominará “familia negra”. Cada país tenía sus propios diseños favoritos y los mandaban copiar a los chinos, así podemos saber por diseños y decorados, casi con certeza, a cuál mercado pertenecían o servían. Los escudos nobiliarios   se multiplicaban para satisfacer el ego de esa enorme nobleza europea y mexicana que mandó hacer vajillas enteras con su emblema, iniciales e inclusive con dos escudos, manifestándose así uniones o matrimonios  de dos casas nobles en una sola decoración.

Rodrigo Rivero Lake

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